Martes, 11 Abril 2017 10:10

Semana Santa ULADECH Católica - Viernes Santo: "La Hora de Jesús"

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1. La hora decisiva
El Viernes Santo es el día más dramático del Triduo Pascual. Jesús, quien pocos días antes había sido aclamado como el Mesías en Jerusalén, ahora es condenado a muerte. Siendo inocente, es declarado culpable y maldito. Así se cumplió lo que estaba escrito: “lo contaron entre los malhechores” (Is 53, 12). Sin embargo, su muerte, aunque injusta, no fue en vano. Es la hora del drama, la hora de la verdad, la hora del cumplimiento de su misión. Jesús sabe que es el momento más crítico y es consciente de lo que va a suceder. “Me encuentro profundamente angustiado; pero ¿qué es lo que puedo decir?¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora” (Jn 12, 27).

2. La hora del amor
Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno virginal de María, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (cf. Lc 1,26-38). Él es el Mesías anunciado desde el tiempo antiguo por los profetas, el Cristo enviado por el Padre celestial para salvar a su Pueblo, el Ungido de Dios para liberar a los oprimidos.

En Él se cumplen las Escrituras. En Él, Dios realiza sus promesas y nos libera de todo mal, vence al pecado y da muerte a la muerte. En Él, Dios vuelve a decirnos una y otra vez: ¡Tú eres mi hijo amado! (Mc 1,11). Porque Dios nos amó definitiva y plenamente en su Hijo único. Jesús es el amor de Dios hecho carne, cercanía divina, ternura eterna para la humanidad. Porque “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). La cruz de Jesús es así la prueba del amor más grande. En Jesús crucificado, Dios nos amó hasta el extremo, hasta la muerte, hasta dar su vida por cada uno de nosotros. Como proclamara San Pablo, “el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

3. La hora de la vida
Jesús tiene clara conciencia de su misión en este mundo: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). ¡Jesucristo es el Señor de la Vida! Quiere dar Vida, no cualquier vida, sino Su Vida divina, para que vivamos en plenitud en este mundo y en la eternidad. Por eso, su muerte no es un simple morir, sino la entrega de su vida para que todos tengamos vida.
Como Buen Pastor del Rebaño de Dios, Jesús afirma que “el Padre me ama, porque yo doy mi vida para recuperarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y para recuperarla de nuevo. Esa es la misión que recibí de mi Padre” (Jn 10,17-18). La cruz, por tanto, se convierte en fuente de vida abundante y eterna. ¡Es doctrina segura!: Quien muere con Cristo, resucitará con Él (cf. 2 Tim 2,11).

4. La hora de la reconciliación
Jesús, hablando de su propia muerte con sus discípulos, manifestó: “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32-33). Su vida, y también su muerte, son “para reunir a todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52). En la cruz, Jesús reconcilió con Dios a todas las naciones.
Extendió sus brazos en cruz para lograr la unión de todo el género humano y la reconciliación de todos con Dios. San Pablo lo proclama diciendo: “Ahora, en Cristo Jesús y gracias a su muerte, los que antes estaban lejos, han sido acercados. Porque Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba (...) Él ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad. Su venida ha traído la buena noticia de la paz” (Ef 2,13-17).

5. La hora del perdón
José, descendiente del Rey David, recibió en sueños la doble misión de recibir sin temor a María como esposa y poner por nombre “Jesús” al hijo que venía del Espíritu Santo, “porque él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21). Es misión de Jesús traer al mundo la misericordia y el perdón de Dios. Él es, en persona, el rostro de la Misericordia de Dios. Para eso vivió y para eso murió. Vivió anunciando el perdón de los pecados y murió perdonando incluso a quienes le quitaban su vida.
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Así lo había anunciado y anticipado en la cena de despedida con sus discípulos: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes para el perdón de los pecados” (Mt 26,26).

¡Cómo no acompañar, pues, esta Hora dramática de Jesús! Es la Hora decisiva de la salvación donde Dios, en Jesucristo, manifiesta y derrama con generosidad infinita su amor, su vida, su reconciliación y su perdón. En este día de Viernes Santo, acompañemos a Jesús en el vía crucis para ser partícipes también de su victoria sobre el pecado y la muerte.



Pbro. Jaume Benaloy Marco
Asesor de rectorado
ULADECH Católica

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